Todos somos responsables de la educación

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   Son muchas las veces que a la vista de las travesuras y las formas inadecuadas de algunos adolescentes y jóvenes, he oído decir a personas adultas esta expresión: “¿Eso es lo que te enseñan en la escuela?” Hace pocas semanas en una tertulia radiofónica, al plantearse el problema de la violencia de algunos grupos juveniles alguien apuntaba la necesidad de cuidar más la educación en los centros de enseñanza, como si éstos fuesen los únicos o principales responsables de los problemas de convivencia actual.
   No pretendo descargar de responsabilidad profesional y de ciertas culpas pedagógicas a quienes ejercen la educación en la escuela, pero no admito que toda o la mayor parte de los fracasos educativos se deban a los educadores enseñantes.
   Al fin y al cabo, éstos se ven condicionados por la filosofía de los sistemas educativos que, a veces, les son impuestos sin haber sido consultados y por el ambiente social no siempre favorable.
   Puede no agradarnos, pero el educando es fruto del ambiente actual, que es ambiente de rebelión y de libertad; es producto de los poderosos medios de comunicación social, de la calle y de la vida misma. Además, cada niño o niña cuando ingresa en la escuela trae su peculiar estilo de ser y de obrar, estilo que, en un alto porcentaje, es obra de la familia donde recibió las impresiones más vivas. “Lo que en la leche se mama, en la mortaja se derrama”. Alguien que entendía mucho de pedagogía dijo que lo mejor para educar a un niño es empezar veinte años antes de su nacimiento.
   En una sociedad progresista y que disfruta de muchas libertades, puede que a muchos ciudadanos les cueste comprender y admitir que algunos métodos y formas empleados son contrarios a los que exige la verdadera educación, que se está practicando una pedagogía que no se propone favorecer el libre desarrollo de los individuos, sino amaestrarlos para una forma de vida impuesta.
   Tanto en la “pedagogía de no”, practicada en tiempos pasados, como en la de “dejar hacer” sin límites, se ha pensado más en la comodidad de los educadores que en los intereses biopsicosociales de los educandos. Esa falsa educación ha producido personalidades frustradas, resentimientos escondidos, deficiencias e inadaptaciones demoledoras y conflictos de todo orden que un día salen a la superficie en forma de desacuerdos y de conductas antisociales.
   La educación es el proceso del desenvolvimiento integral y armónico del individuo desde el comienzo hasta el final de su vida, en función de los estímulos de todo orden que inciden sobre él y de su capacidad para responder a ellos. De un modo muy general, son agentes de educación todos los estímulos que provocan en el individuo la respuesta del desarrollo más o menos conforme con los fines propuestos; todos los elementos o factores, materiales y espirituales, que concurren a la obra educativa; todos los medios jurídicos, técnicos, sociales y económicos; todos los recursos personales, instrumentales y ambientales capaces de influir en el desarrollo biopsicosocial del individuo todo los que podemos denominar “poderes educativos”: la familia, la escuela, la sociedad, las confesiones religiosas, etc.
   Todos los agentes de educación están en el ambiente en que el desenvolvimiento se realiza: ambiente físico, ecológico, histórico, cultural, familiar, escolar, etc… La pedagogía o es social o no es nada, porque, quiérase o no se quiera, toda individualidad tiene necesariamente una función social. El ambiente en tal sentido, es por excelencia el agente de educación, que, en definitiva, se manifiesta como un complejo de acciones, de estímulos y de respuestas, de acomodación y asimilación entre el individuo y su medio.

 

   No carguemos las culpas del fracaso educativo exclusivamente a la familia, a la escuela o al Ministerio de Educación. Todos somos, cada uno en distinta medida, responsables del ambiente que, positiva o negativamente, condiciona la educación de los ciudadanos. Todos, aun sin quererlo, contribuimos a la buena o deficiente educación de los demás. Que cada cual cargue con su responsabilidad.
   José María Arroyo.

 

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