La pedagogía familiar

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   En ocasión de la festividad de la Sagrada Familia parece oportuno hablar del papel educativo de la institución familiar. La oportunidad cobra más fuerza a la vista de las estadísticas que hablan de miles de niños maltratados por sus padres, y de adolescentes y jóvenes que son víctimas de una inexistente o deformada educación familiar.
   En nuestros días se habla mucho sobre la educación, entendida como proceso continuo de desenvolvimiento integral del ser humano, desde que nace hasta que muere, debidamente dirigido a metas, objetivos y fines prospectivos. Es lo que se llama la educación permanente, en la que los filósofos, los sociólogos, los pedagogos y los políticos ven algo así como la panacea contra los males colectivos, la fórmula para que los hombres y mujeres del mañana sean mejores y vivan más felices que los de hoy.
   Algunos dicen que debe ser la Escuela -en el más amplio significado del término-, la institución encargada de aplicar las fórmulas de salvación individual y colectiva con las que la sociedad pueda superar la crisis de transformación que atraviesa. Quienes así opinan olvidan que la Escuela no puede hacer todo en materia de educación, porque conjuntamente con ella, con su pedagogía intencional, sistemática y técnica y, a veces, contra ella, contribuyen a la formación e información del ser humano: la pedagogía familiar y la pedagogía ambiental de difusión general, casi siempre irresponsable, de impronta común masificadora, llena tanto de peligros como de posibilidades magníficas.
   En la nueva concepción de la educación permanente, la familia, como institución educativa tiene una importancia de primer orden, tanto por su función sustantiva y propia como por sus posibilidades de le colaboración a la más provechosa eficacia de las otras dos pedagogías, la técnica y la social. Y, dentro de la familia, esa importancia y, por tanto, esa gran responsabilidad, se centran en el padre y en la madre, que, con cabeza y corazón, gobiernan y dirigen la vida individual y colectiva de la comunidad hogareña.
   Los padres son los educadores naturales de los propios hijos. El mayor y mejor timbre de gloria para unos padres es presentar unos hijos bien educados. La buena educación no es hacer de los hijos unos niños “robotizados”, “repipís” o “repelentes”; ni unos adolescentes hipócritas y retraídos en el descubrimiento de nuevas apetencias y formas de vida; ni unos jóvenes sumisos. y obedientes, inmovilistas, impersonalizados.
   La buena educación de los a hijos consiste en rodearles de e los mejores estímulos a nuestro alcance para que lleguen a la plenitud de desenvolvimiento de sus capacidades físicas, espirituales y sociales, entre las cuales están las capacidades críticas, de autoeducación, de autogobierno, de aptitud para el cambio, de  libertad. Consiste en formarlos no para nosotros, sino para ellos, para la sociedad futura -que será distinta de la actual-, de modo que el inevitable tránsito se realice. con el mínimo de conflictos generacionales. Consiste en facilitarles el descubrimiento de su personalidad singular; en estimularles para la creatividad; en ayudarles a forjar la con­ciencia de solidaridad social; en abrirles camino para que, con cabeza, corazón, manos y salud, participen responsable y provechosamente para todos en la vida comunitaria de trabajo y de ocio que les es­pera. Consiste en procurar que vivan sustantiva y felizmente sin quemar etapas, las sucesivas épocas de su vida individual.
   Y todo esto se logra con amor, con comprensión, con espíritu abierto con visión de futuro, con resignación ante la evolución, que no pérdida de fórmulas tradicionales de vida, y colaborando con la Escuela y con la sociedad.
   José María Arroyo
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