Personalidad: Cultura

Capacidades

   La vida de un hombre sin cultura es como una llanura desértica. La cultura nos facilita interpretar la realidad del mundo que nos rodea. Con la cultura podemos despejar un poco de ese misterio que somos cada hombre. La cultura enriquece al hombre, le lleva a profundizar en sus raíces y en su historia. La cultura nos pone sobre la pista de nuestro pasado, nos hace valorar lo que ha sido nuestra andadura sobre la tierra –la nuestra personal y la de toda la historia del hombre–, y nos empuja –si es verdadera cultura– hacia la verdad y, por ella, hacia la libertad.

   —Pero supongo que la cultura de un hombre no se improvisa. Para llegar a tener un pensamiento y unas valoraciones profundas y acertadas, será preciso dedicar mucho tiempo y esfuerzo.

   Tiempo y esfuerzo, y también acierto, puesto que ser culto no es tanto saber muchas cosas como tener una explicación coherente, y en clave de verdad, de lo que es el hombre y el mundo que le rodea.

   Lo importante no es tener muchos conocimientos, sino que esos conocimientos nos ayuden a dar una respuesta acertada a los problemas nuestros y de quienes nos rodean. Porque, de lo contrario, ¿de qué nos sirve tener muchos conocimientos, si luego resultan fragmentarios y contradictorios, si no sabemos la verdad que pueda haber en ellos? Sin un criterio de verdad, la multiplicidad de conocimientos desemboca en una erudición simple y ramplona, pero no en una verdadera cultura. Cultura es todo y sólo aquello que ayuda al ser humano a ser plenamente hombre.

   El término cultura viene del latín, del verbo colere: cultivar. Su empleo era metafórico, y es Cicerón quien insiste en que al igual que una tierra sin cultivar, por buena que sea, sólo produce abrojos, el espíritu del hombre necesita ser ejercitado para producir los frutos que le son propios.

   Y para cultivarse cada día un poco más, el hombre ha de tener un proyecto mínimamente definido. Cada uno ha de buscar una síntesis personal de sus intereses y necesidades culturales, y de este modo contribuir a forjar conscientemente su propia personalidad y su actitud ante la vida. Sólo así podrá superar la seductora mediocridad de esas subculturas superficiales y masificadas que a veces parece que se nos quieren imponer, con una sutil y terca persistencia, y contra las que es preciso oponer una auténtica búsqueda que nos sirva para aprehender la realidad, vivir en ella y saber a qué atenernos.
La verdadera cultura
ha de servir para
interpretar correctamente la vida.

   La verdadera cultura ha de hacer la vida más humana, ha de hacernos descubrir sus posibilidades más genuinas y apuntar a sus más auténticas aspiraciones. El hombre no se agota en su biología, sino que tiene todo un mundo interior: puede ser sabio o ignorante, cultivado o tosco, lleno de luces o cubierto de sombras, ordenado o caótico, coherente o ilógico, puede buscar la verdad o intentar de algún modo sobrevivir en el sórdido mundo del error, la ignorancia o la mentira.

   Cultivar el propio mundo interior tiene siempre su consiguiente reflejo en el exterior de cada persona. Y no sólo en su carácter, sino hasta en lo aparentemente más inmotivado del porte externo: la mirada, los gestos, el rostro, el mismo tono de la voz; todo eso es matizado, vivificado y mediatizado por el propio talante personal, por la propia forma de ser, que nace de lo más profundo del hombre: allí es donde al hombre se le presenta la apasionante oportunidad de cultivarse, de proyectarse, de hacerse a sí mismo.

   Por eso, un buen camino para mejorar el propio carácter es enriquecer el propio mundo interior. Así, lo que de ese mundo interior salga luego al exterior se parecerá lo más posible a lo que uno anda buscando.

   —Pero a veces parece que la cultura se promociona demasiado a golpe de marketing, y que los medios de comunicación imponen mucho las modas y hacen como de filtro del gusto mayoritario.

   Precisamente por eso conviene presentar una cierta resistencia a esos embates del marketing cultural. Y como no sirve de mucho añorar tiempos mejores (que además quizá nunca existieron), lo mejor es –como sugiere Ignacio Aréchaga– resistir a esa uniformización con métodos más plurales de selección: en vez de guiarse sólo por la lista de best-sellers, perder tiempo hojeando libros en las librerías y compartiendo los hallazgos con gente cuya opinión valoramos; no sentirse raro por elegir una película recomendada de boca a oreja, en vez de aquella otra promocionada al alimón en todos los dominicales; o descubrir ese programa de televisión que aporta algo, aunque esté permanentemente expulsado del prime time.

   Alfonso Aguiló. Con la autorización de: www.interrogantes.net
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