La crisis educativa

Fracaso escolar

   Atender a la crisis educativa actual, es dar explicación de sus causas y ciertamente no es tarea fácil, pues posiblemente sean muchas y deban atenderse desde disciplinas diferentes, que abarcan desde la psicología a la teología pasando por la sociología. Cuando los políticos hablan de las causas de la crisis suele haber dos posturas. La primera es la de los que simplemente niegan que exista una crisis educativa, y no son pocos. Los responsables políticos han articulado muchos mecanismos burocrático-administrativos para que no se evidencie el fracaso escolar, pues demostraría la falacia de la educación moderna: sus leyes, su gestión y los principios filosóficos que la sustentan. Las formas de negar el trágico fracaso de uno de los sistemas educativos públicos más caros y menos rentables de la historia, son múltiples: por ejemplo, forzar a los directores, a través de los inspectores, para que los porcentajes de suspensos sean mínimos en las asignaturas; o bien promover que las asignaturas difíciles puedan ser aprobadas por una decisión del claustro, a pesar de la nota negativa del profesor, etcétera. Toda esta mentira burocrática y política quedaría en entredicho con una buena selectividad. Pero la propia administración se encarga de que esto no se produzca. Las pruebas han ido bajando el listón para que el porcentaje de suspensos sea el mínimo posible y nadie se plantee el asunto. Si los institutos ya reciben partidas especiales si «aprueban» unos porcentajes determinados de alumnos, ahora el mismo planteamiento llega a la Universidad. Las universidades públicas recibirán más apoyo económico en la medida en que los porcentajes de aprobados sean más altos. Sin lugar a dudas, el proceso viciado de origen, llevará a que se presione a los profesores para que no sean excesivamente estrictos.

   Causas falsas y causa verdadera

   Respecto a los políticos y funcionarios de educación que reconocen una cierta crisis educativa, suelen responder a la cuestión aportando esencialmente dos causas explicativas. Por un lado afirman que es un problema de recursos económicos, estableciendo la absurda ecuación de que a más recursos, mejor educación. Los datos para contra-argumentar este planteamiento son relativamente fáciles. Si tomamos el caso de Corea, se puede comprobar que es uno de los países de la OCDE que dedica porcentualmente respecto al PIB, menos recursos a la educación. Sin embargo, en el informe Pisa que recoge los niveles educativos en los 47 países más ricos del mundo, Corea en los últimos años es la primera. Una segunda causa que se arguye es que no se aplica suficientemente bien la ley educativa vigente y que, por lo tanto, deben volver a reformarla o bien aplicarla con más intensidad. Nuevamente la ceguera de tanto experto en educación estremece, pues una de las causas del desastre educativo ha sido precisamente las leyes educativas. Otros que también aceptan la existencia de una crisis educativa, la atribuyen a una abstracta «crisis de valores» generando un discurso fácil a la vez que ineficaz. Si en algo se han convertido las escuelas es en maquinarias de adoctrinamiento de valores. Pero cuanto más se les predica la solidaridad, la paz y la tolerancia, más violentos, asociales e intolerantes se vuelven. Es el adoctrinamiento en valores falsos lo que provoca la propia crisis de los «valores» que predican.

   Podríamos señalar que la crisis de la educación tiene su fundamento en la ausencia del principio de autoridad, ya no sólo en el orden práctico en tantos y tantos casos, sino en el fundamento legislativo de su ordenación. Si tomamos por ejemplo la Ley Orgánica Reguladora del Derecho a la Educación (LODE), de 1985, en el preámbulo se señala una malintencionada inversión del principio de subsidiariedad donde –implícitamente– se niega que el derecho a educar sea de los padres. Es el propio Estado el que se otorga ese derecho, aunque, como señala el preámbulo de la Ley, nunca pudo ejercerlo hasta llegar la modernidad: «Por las insuficiencias de su desarrollo económico y los avatares de su desarrollo político, en diversas épocas, el Estado hizo dejación de sus responsabilidades en este ámbito, abandonándolas en manos de particulares o de instituciones privadas, en aras del llamado principio de subsidiariedad. Así, hasta tiempos recientes, la educación fue más privilegio de pocos que derecho de todos». En base a este «democratismo» sucesivas leyes consagran la educación como un instrumento para consolidar el Estado. Así en el preámbulo de la Ley Orgánica de Educación (LOE) de 2006, se llega a afirmar que: «Esas estructuras dedicadas a la formación de los ciudadanos fueron concebidas como instrumentos fundamentales para la construcción de los estados nacionales, en una época decisiva para su configuración». Leyendo entre líneas, bajo un discurso democratista, la sucesión de leyes educativas trasluce que la educación es sólo un derecho del Estado y que para ejercerlo, en el fondo, debe desposeerse de autoridad a cualquier institución y a los propios padres.

   Por eso, las escuelas son entregadas a los inspectores; los consejos escolares son formas de diluir la poca autoridad que puedan tener los centros, y a los padres se les presenta la educación como un regalo del Estado que deben aceptar, pues ellos son incapaces de educar. Poco a poco la autoridad queda tan desfigurada, interferida, mezclada, que el educando se siente protegido por la anomia reinante. Y en última instancia, siempre tendrá un inspector que le defienda incluso del reglamento y de cualquier intento de que alguien ejerza sobre él la autoridad. El Estado es papá, pero también educador. Por eso, el enemigo del Estado son los propios profesores que por connaturalidad –en cuanto que primeros educadores subsidiarios de los padres– ejercen la autoridad directa sobre el alumno. Por ello, la acción del Estado sobre los educandos ha consistido precisamente en desposeerles del protagonismo en la escuela. Se cumple aquello que ya pronosticara Herbert Marcuse en Liberándose de la sociedad opulenta: «Actualmente, toda educación es terapia: terapia en el sentido de liberar al hombre, por todos los medios disponibles, de una sociedad en la cual, tarde o temprano, será transformado en un bruto, aunque no se dé cuenta. En este sentido, educación es terapia, y toda terapia hoy, es teoría y práctica política». Estas palabras, escritas hace ya varias décadas, se puede decir que hoy son totalmente actuales. El Estado considera que ya no hay un sujeto que educar (aunque sus discursos siempre digan lo contrario), sino individuos potencialmente enfermos que hay que someter a constante terapia. Por tanto, el educador en el fondo ha de ser un terapeuta, un evaluador de las carencias del alumno según los estándares e investigador de las malas praxis de los padres. Todo ello sólo es posible en la medida en que el Estado sospecha que, por definición, los padres son incapaces de educar correctamente. Y esta es una de las dimensiones de la esencia de la crisis. Parece cumplirse aquella profecía sociológica de Alexander Mitscherlich al escribir la Sociedad sin padre, para relatar los efectos en una sociedad de la desaparición de la figura de autoridad que encarna el padre.

   Una lectura plana de dos modelos «exitosos»: Finlandia y Corea

   Según los indicadores meramente materiales, sin tener en cuenta la dimensión moral y trascendente, podemos reflexionar sobre dos modelos educativos relativamente «exitosos». En el marco del informe Pisa hay dos países que destacan por sus logros: Finlandia y Corea. Analicemos brevemente las claves de sus logros. En el modelo finlandés los padres participan mucho más en el proceso educativo que los padres de nuestras escuelas. En España, los padres delegan la responsabilidad de la educación en la escuela y centran su preocupación en si ven peligrar la proyección de autorrealización que realizan sobre sus hijos. Los padres finlandeses nunca rebaten la autoridad de los docentes sino que su autoridad prevalece en los casos de conflicto. El Estado no suele intervenir en el día a día, con normas complicadas y presiones de inspectores, sólo señala un 75 % de materias obligatorias. Por su parte, los docentes están muy reconocidos socialmente. Muchos universitarios quieren ser maestros ya que no es una profesión denostada. Además, los educadores están muy bien preparados, pues su carrera es de cinco años y la mayoría los complementa con un máster o estudios de posgrado (algo impensable en el alumno medio que había estudiado magisterio en España). Los maestros finlandeses tienen un margen muy amplio de libertad para trabajar con el alumno y pueden decidir si los alumnos deben repetir curso o no, especialmente en los años de primaria (cosa impensable en España). Los problemas de disciplina son rápidamente detectados (en los primeros cursos de primaria), acotados y resueltos, con el apoyo de los padres. Por tanto, son sabedores de que la ausencia de autoridad disolvería la escuela. En España para resolver en un instituto público un problema de desacato a la autoridad, pueden transcurrir meses y, con altas probabilidades, acabará sobreseído por la acción del inspector. En la cultura finesa el profesor cuenta con muchísimo prestigio y éste se lo ha ganado a pulso, pues los profesores redoblan sus horas si ven que algún alumno se está quedando atrasado. Por ello se entiende que de todos los que quieren estudiar magisterio en la Universidad, un 85 % se quedan sin plaza debido a la altísima demanda.

   El caso de Corea se puede explicar por las reformas educativas que se han ido realizando en el país. De partida hay que decir que los centros educativos privados, en porcentaje, son los más altos de la OCDE, superando el 50 %. En 1995 se realizó una reforma que difiere esencialmente de aquellas a las que estamos habituados. Consistió esencialmente no en regular la educación, sino en desregularizarla. Se abolió la inspección directa del Ministerio y se abrió la escuela al apoyo de las familias y de la sociedad. Los alumnos se descargan de aprendizajes innecesarios y se evita una enseñanza homogénea para todo el país. Hemos de pensar que en España tanto alumnos como docentes son los que más horas pasan en los centros, y no por ello tienen los mejores resultados, más bien lo contrario. Una última característica, de las muchas que podríamos señalar, es que la autoridad de los profesores es indiscutible y cuenta con todo el soporte de la sociedad y de los poderes públicos. Corea es un país donde se valora mucho la capacidad de memorizar y lo que podríamos denominar la enseñanza tradicional. Sin embargo, todo ello tampoco acaba de explicar totalmente por qué un sistema funciona y otro no. Creemos que la respuesta debemos encontrarla en otras causas. Por cuestiones de restricción de espacio sólo nos ceñiremos a una.

   Una causa más profunda: el fracaso del ordo amoris

   La educación está en crisis no por cuestiones de presupuestos, ni siquiera de metodologías, que pueden ayudar, pero no determinan el éxito o el fracaso. Nos gustaría hacer una reflexión en un sentido más profundo: la educación fracasa cuando se hunde el ordo amoris. Para entender lo que es el ordo amoris hay que comprender que el ser humano, al nacer, se ve inserto en una trama de vínculos, de ámbitos de vida donde experimenta el verdadero amor: el padre y la madre, los hermanos, los amigos. Sin haber vivido esta experiencia de verdadero amor, es imposible transmitirlo. Por eso san Agustín afirma que todo el mundo es un “ámbito que viene del amor y está orientado al amor”. Sin esta estructura de amor no puede transmitirse nada, ni siquiera el conocimiento y todo está condenado a fracasar. Una cierta analogía la encontramos en el «contagio» del divorcio al constatarse que los hijos de divorciados, con una alta probabilidad, acabarán divorciándose. Respecto al conocimiento se entiende mejor si lo consideramos como una forma de generación espiritual. En lengua francesa se ve más claro al analizar el término connaisance (con-naissance), que podría entenderse como un «nacer con». Sólo podemos entender las cosas como naciendo con la ayuda de alguien, en este caso del maestro. Los verdaderos maestros son los que procuran la ayuda para el nacimiento intelectual del alumno. El fracaso de la educación viene cuando el maestro se transforma en funcionario o un asalariado concertado por la administración pertinente. Toda educación sólo es posible en la medida en que se llega a conocer al educando, o al hijo. Y este conocimiento sólo es posible desde la experiencia del ordo amoris.

   Max Scheler, en su obra Ordo amoris, afirmaba que «quien posee el ordo amoris de un hombre posee al hombre. Posee respecto de este hombre, como sujeto moral, algo como la fórmula cristalina para el cristal. Ha penetrado con su mirada dentro del hombre, allá hasta donde puede penetrar un hombre con su mirada. Ve ante sí, por detrás de toda la diversidad y complicación empírica, las sencillas líneas fundamentales de su ánimo, que, con más razón que el conocimiento y la voluntad, merecen llamarse el ´núcleo del hombre´ como ser espiritual. Posee en un esquema espiritual la fuente originaria de donde emana radicalmente todo cuanto sale de este hombre (…). Los bienes hacia los cuales orienta el hombre su vida, las cosas prácticas, las resistencias del querer y del hacer con que tropieza su voluntad, todo esto se halla penetrado del mecanismo selectivo especial de su ordo amoris y vigilado al mismo tiempo por él. El hombre no prefiere siempre las mismas cosas y las mismas personas, pero sí las mismas clases de personas y de cosas, clases que son en todo caso clases de valores que le atraen en todas partes conforme a ciertas reglas constantes del preferir (o posponer) lo uno a lo otro, o le repelen dondequiera que vaya. (…) En cada caso de este atraer y repeler se oculta el ordo amoris del hombre y su especial relieve».

   El ordo amoris, esa experiencia de verdadero amor que muchos padres y educadores han perdido y no saben transmitir, es la que permitiría que cada hombre aprehendiera su existencia como una vocación y una misión que ha de realizar dentro del contexto de su particular destino. Es, por tanto, lo que nos orienta y adentra en un auténtico ideal de la vida humana. Por el contrario, la educación ha quedado reducida hoy en día a una mera preparación profesionalizadora (bastante insuficiente, dicho sea de paso). En ello hay algo de transfondo teológico, si atendemos a una curiosa afirmación de Michael Maffesoli, cuando afirma que Pelagio es el verdadero fundador de la escuela racionalista. Y este es el indudable fracaso de la educación, plantear un sistema educativo cerrado a la gracia y al amor real.

   Por Javier Barraycoa. Original de www.orlandis.org
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